A veces, crecemos con la creencia que para que una relación funcione nos tenemos que estar sacrificando constantemente. O sea, que tenemos que ir "aguantando" determinadas cosas. Pensamos que para ser amados, tenemos que darlo todo a diferentes niveles,  hasta el punto de quedarnos vacíos, porque si no, consideran que eres egoísta. Y nadie quiere a alguien egoísta en su vida. ¿Verdad?

Pero la realidad es que esta creencia causa mucho color y provoca situaciones totalmente injustas. De hecho, puede provocar que la persona que se sacrifica acabe siendo un felpudo, donde sus necesidades y prioridades son pisoteadas por los demás. Incluso puede que ya no sepa ni quién es y vaya a la deriva cumpliendo los deseos de los demás.

A mí particularmente, me costó mucho esfuerzo el reconocer y sanar este patrón heredado, entender su origen y sobre todo las implicaciones que conlleva a la hora de relacionarme con los demás. 

Y nuestra sociedad está repleta de patrones de este tipo o incluso peores. Es más, si volvemos la vista atrás en la historia podemos ver cómo nuestros antepasados sacrificaban niños, vírgenes o animales  para pedir a los dioses que les otorgaran lo que más querían: ganar la batalla, tener buena cosecha, recobrar la salud… En esencia, esto es una energía de trueque: "yo doy lo que más valoro y a cambio los dioses me dan lo que más quiero". Supongo que este trueque no siempre se cumplía.

Y lo mismo ocurre ahora. Muchas veces, después de hacer el sacrificio no recibímos lo que queremos. En los casos que comentaba antes, se echaban la culpa pensando que habían hecho algo mal, algo que había enfadado a los dioses. Esto implicaba hacer un sacrificio mayor. Hoy en día, la ofrenda se convierte en sacrificar nuestro tiempo, dinero, cuerpo, pensamientos o sueños para ser amados y apreciados. Si nuestro sacrificio no es valorado, podemos pensar que es porque no hemos hecho suficiente, porque debíamos haber dado más. En definitiva, sacrificado más.

Creo que es importante hacer la distinción entre sacrificar algún aspecto de nosotros mismos (para mí implica pérdida, inferioridad y baja autoestima) o saber ceder de tal manera que sea acuerdo mutuo, donde ambas partes dan y reciben igualmente (para mí conlleva madurez emocional, autoestima y equilibrio personal).

En la energía de sacrificio creemos que no somos lo suficiente para conseguir lo que queremos, pensamos que de alguna manera lo tenemos que “comprar”,  que lo que queremos está fuera de nosotros. Pero, en realidad, cuando aprendemos y transcendemos el sacrificio, reconocemos que lo que buscamos no está fuera sino dentro de nosotros mismos. Lo contrario al sacrificio es un estado de derecho, donde nos creemos que por el hecho de ser nosotros, nos lo merecemos todo y progresamos por el sacrificio de otros.

En una relación es muy frecuente que se unan estos dos tipos de personas, la que se sacrifica y la que se siente con derecho. La persona que se sacrifica encuentra su encaje perfecto en la persona que se siente con derecho a todo y viceversa. La lección que ambos deben aprender es reconocer el verdadero valor de la vida, las cosas y el valor de uno mismo. No obstante, estas dos personas no se unen por equivocación, es una unidad que invita al crecimiento y a la evolución donde el objetivo es crear una relación interdependiente.